¿Quién rescató a quién?

Hará unos tres meses, mi hija Sol se plantó un día en mi casa con una masa acurrucada de perro callejero y una bolsa con sus posesiones: una manta, comida seca y un juguete de colores llamativos.
Me explicó que había adoptado a Coco recientemente en un refugio pensando en mí: —Ya verás, será un buen compañero para ti.

Y así fue como me convertí en ‘la persona de Coco’, pasando a formar parte del numeroso grupo de viudas que conozco que perdieron un marido y ganaron un perro.
Yo al principio no estaba muy emocionada ya que nunca había sido amante de los perros y me preocupaba no estar a la altura. Además, seguía agotada después de la muerte el año pasado de David, mi marido, por ELA (esclerosis lateral amiotrófica) tras cuatro agotadores años cuidándolo. Pero un curioso episodio me hizo cambiar de idea: visité a mi contable para preparar los impuestos y vi que su caniche Dodi dormitaba tranquilamente en su oficina. Le pregunté si estaba quedando conmigo y me respondió: —Si no tienes suficiente tiempo para un perro, tú no tienes suficiente tiempo.
Así que me quedé con Coco… —¿Qué puedo perder? —pensé.

Dicen que el tiempo cura todas las heridas, y algo de verdad hay en ello, pero no parece que el tiempo se dé mucha prisa en hacerlo. Yo no estaba preparada para el aislamiento que me había ido envolviendo y en el que permanecí tanto tiempo. El cuidado de un ser querido, enfermo en fase terminal, no es simplemente fatigoso y triste… es que te consume por completo. Sin duda, sucedieron muchos eventos culturales, sociales, mundiales importantes mientras duró ese proceso pero yo, una adicta a las noticias, renuncié a su seguimiento. —Nos hemos perdido tantas cosas —se lamentó un día mi hija.

Y mientras mis amigos y colegas planeaban sus vacaciones o comentaban la última serie de la tele, yo estaba viviendo mi propia película, con un extenso reparto de actores y figurantes formado por los asistentes del equipo de cuidados paliativos y las enfermeras del turno de emergencias, en un continuo ir y venir entre la vida y la muerte.

Y un año después de que todo acabara, seguía perdida en una vuelta a la realidad que se me hacía realmente dura. Hasta que llegó Coco.
Sacar a tu perro a pasear cuatro veces al día hace difícil que puedas sentirte solo o aislado. Y me reuní con el mundo, o de hecho, me uní a un mundo nuevo de dueños de perros, de gente amistosa y un poco rara, de suscriptores de la revista Ladridos, de vecinos en los que nunca antes me había fijado…
Y me encontré a mí misma llevando al perro a parques de recreo, comprando el mejor arnés de coche para que pudiera curiosear a su gusto cuando nos desplazábamos, o dejándole encendida la radio cuando tenía que salir un rato de casa.

En estos momentos conozco a mis vecinos por su nombre (o al menos por los nombres de sus perros), Coco recibe invitaciones de sus amigos para quedar a jugar, e incluso correos electrónicos ( ‘Los perros que he olido hoy‘ era el título de un correo que recibió recientemente de Benji, un cruce de terrier que es uno de sus mejores compañeros de juego).

Y en vez de sentirme sola, ahora tengo el problema contrario: nunca estoy sola, Coco me sigue a todas partes.
Salta y baila cuando vuelvo a casa, y camina hacia atrás sobre sus patas traseras, y me hace reír tan fuerte que un día incluso me provocó un ataque de asma.

Tenemos un juego que practicamos cada mañana cuando empezamos el paseo:
—¿Estás listo? —le pregunto.
Y Coco ladra.
—¿Preparado?
Y ladra dos veces.
—¡Vamos! —le digo.
Y Coco sale a la calle ladrando y tirando con fuerza de la correa, con toda la furia de un perro de trineo, y yo tras él como un musher (conductor de perros de trineo) cogiendo la correa y esforzándome por seguir su ritmo.

El día que me di cuenta de que las cosas podían estar cambiando de verdad fue cuando hicimos esto bajo una lluvia torrencial. Quizás correr bajo la lluvia despertó la niña que todavía hay en mí, pero cuando Coco se puso a correr sentí el impulso de cantar, y no en silencio. Me puse a aullar un himno canino y corrimos ambos como locos calle abajo.

Espero que nadie estuviera mirando, ya que en ese momento me vino a la cabeza que sólo necesitaba una gorra y una pequeña hélice en la cabeza para completar la imagen de la ridiculez… pero, mis sensaciones en ese momento estaban muy próximas a la felicidad.

Qué ironía sería que rescatar un perro del refugio acabara llevándome a mí de vuelta a la raza humana.

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Traducción de un artículo publicado en el prestigioso Boston Globe por Linda Matchan, una periodista que forma parte de su plantilla.
A veces, las historias más sencillas son las más verdaderas.

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